Si bien la tendencia va cambiando con los aires de modernidad, lo cierto es que la mayoría de las sociedades humanas, a lo largo de siglos, han valorado más la gordura que la delgadez de las personas. Se entendía que la primera era indicio de bienestar, mientras que la segunda no hacía más que reflejar un estado de malnutrición y de necesidades básicas no satisfechas. Como digo, la tendencia va variando, y eso porque en la actualidad los nutricionistas nos hablan de colesterol, sobrepeso, obesidad, etc., como problemas de salud.
Sin embargo, es en los animales donde las consecuencias negativas de la gordura han tardado en descubrirse. Hasta hace poco, los granjeros europeos seguían empeñados en alimentar a sus rumiantes con piensos de origen animal con tal de obtener en ellos la mayor rentabilidad posible de cara al mercado. A mediados de los años noventa del siglo pasado, hace una década, los veterinarios y otros científicos descubrieron que el engorde de vacas con productos de origen animal causaba en esos rumiantes una rara enfermedad, la de las vacas locas. Encontramos así una curiosa relación entre la gordura con métodos antinaturales e ilegales y la locura.
La pregunta obligada es ésta: ¿qué relación existe entre gordura y locura, además de que, métricamente, ambas palabras rimen?
Voy a intentar encontrar la respuesta, o una de las respuestas posibles, hurgando en la realidad sociopolítica de nuestro país.
Muchos opinan que la época que coincide con la presencia de los colonos españoles en Guinea Ecuatorial, sobre todo durante la Autonomía, fue la de mayor bienestar de los guineanos. Eran los momentos en que la mayoría de los que mejor vivían eran gordos, mientras que la mayoría de los que peor lo pasaban eran flacos, y todos se empeñaban en engordar para aparentar gozar de una situación económica holgada. Con la llegada de la soberanía nacional, en 1968, se desencadenó una serie de acontecimientos que dieron lugar a una de las épocas más luctuosas de nuestra historia reciente. Con ello, el nivel de vida de todos los guineanos, entre gobernantes y gobernados, bajó bruscamente y todos, entre los que habían saboreado cierto bienestar con los blancos y quienes nunca lo olieron, pasaron a vivir en la miseria. Tanto es así que dos generaciones de guineanos ignoran lo que es tener una vida digna y decente. El cambio de régimen en 1979 no mejoró mucho las cosas…, hasta que fue descubierto el petróleo.
Con el oro negro, Guinea Ecuatorial pasó de vivir de la ayuda internacional a ser el país con el mayor crecimiento económico del mundo en términos del producto interior bruto a partir del año 1997. Desde entonces, es muy difícil saber cuánto dinero entra en nuestro país al día. Es cuando aparece la expresión “vacas gordas”, acuñada por el General Obiang en uno de sus discursos. La expresión corrió de boca en boca de los prohombres del régimen, llegando el ministro Evuna Owono Asangono a colocarla en la placa de matrícula de uno de sus coches. Como un solo hombre, los gobernantes se embarcaron en una frenética carrera por el enriquecimiento ilícito, con el lógico beneplácito del propio general, que encabeza el pelotón de corredores a varios kilómetros de distancia de sus inmediatos perseguidores. Al mismo tiempo, ponen en práctica, ahora más que nunca, la tradicional idea de que la gordura es indicio de bienestar. El dinero de todos, generado por el petróleo de todos, ha vuelto locos a nuestros gobernantes, y sus excentricidades se viven a diario. Veamos algunas de ellas.
Los sobrinos de Obiang, hijos de Edjo, se han hecho con media ciudad de Ebibeyín. El mayor, Baltasar Engonga Edjo, ministro de Economía en varias ocasiones, se ha construido una mansión, y frente a la puerta de la misma ha erigido una estatua suya. El otro es Elías Ondo Edjo, eterno delegado de Sanidad de la Región Continental; entre otras cosas, construyó un complejo turístico (restaurantes, bares y discotecas) que, a tenor del número de habitantes de la ciudad, parece más ruinoso que rentable. Después… el todopoderoso Melchor Esono Edjo, el ministro tesorero del Estado, también se ha construido un hotel en la ciudad. Lo más llamativo no son los centenares de millones que ha derrochado en su construcción, sino la placa metálica colocada en lo alto del enorme monumento erigido junto a la entrada, con una escritura no menos excéntrica: “Puesto que estamos destinados a vivir poco, debemos hacer algo para demostrar que hemos vivido”, firma Melchor Esono Edjo. Ahora los tres hermanos están construyendo una especie de pirulí cerca del hospital general de Ebibeyin. Según comentarios de los vecinos del lugar, se trataría de una torre de atracciones de alrededor de veinte metros de altura, desde donde se podrá divisar toda la ciudad y sus alrededores. Sin comentarios.
Y no acaban aquí las extravagancias de los hombres del fundador del PDGE. Su yerno, Gabriel Mba Bela, alias Angaby, ex alcalde de Malabo, diputado y hombre de negocios, dispone de una legión de criadas filipinas, quienes viven con él en su mansión de Malabo. Además de sus sueldos, tienen derecho a ir de vacaciones anuales a su país con todos los gastos pagados, incluidos los billetes de avión. Sus médicos particulares son cubanos, y una de éstos se ha convertido en criada suya. No se sabe dónde vive Angaby, si en Malabo o en Madrid, donde a pesar de poseer varias mansiones, prefiere alojarse habitualmente en una suite del suntuoso hotel Ritz. Su flota de automóviles de lujo pasa sus revisiones anuales en Madrid. Una vez a la semana, uno de los vuelos de la compañía Spanair, de la que es socio, le trae a Malabo carne y pescado frescos, además de verduras, hortalizas y frutas. Solamente en eso último me muestro comprensivo con él, pues en Malabo no hay verduras, ni hortalizas, ni frutas, y el pescado fresco escasea. Sin embargo, creo que con tanto dinero podría crear una granja agrícola propia y adquirir una embarcación pesquera para faenar en aguas guineanas, aunque fuera sólo para su consumo personal. Así le saldría más barato y, además, daría empleo a unos cuantos guineanos.
Y las excentricidades llenarían páginas enteras…
Tanto despilfarro en un país cuya capital carece de electricidad y la población no tiene agua corriente.
¿Es que el enriquecimiento ilícito de los hombres del PDGE les ha llevado a la locura, como ocurrió con el engorde antinatural de las vacas, que dio lugar a la enfermedad de las vacas locas en Europa? ¿Por qué a una época de vacas gordas sigue otra de vacas locas? ¿Y por qué a una época de humanos engordados y enriquecidos de forma ilícita sigue otra de humanos locos? ♦